Sin duda, el mayor freno que tenemos para enfrentarnos a las distancias ultras se encuentra en nosotros mismos, lo tenemos en nuestra cabeza. Nos limitamos al pensar que algo se muestra inalcanzable, por la única razón de que nunca lo hemos hecho con anterioridad. Es una especie de tope mental que nos autoimponemos, quizá para no enfrentarnos al dilema de tener que decidirnos.  Una simple pregunta y su respuesta puede alumbrarnos en este caso, ¿Pensabas  acaso en terminar un maratón cuando correr cuatro kilómetros se volvía un suplicio?. 

Las capacidades de nuestro cerebro nos han traído hasta lo que hoy somos, pero una de sus más importantes funciones es la de proteger nuestra vida y eso, en términos generales, lo hace a la perfección:  nos provoca hambre y sed, nos induce al sueño, nos genera cansancio, nos hace padecer miedo, desconfianza… todo encaminado a proteger nuestra integridad. El hipotálamo, la glándula en el cerebro que actúa como termostato del cuerpo, tiene como misión conservar nuestro calor a toda costa, sacrificando incluso las extremidades si es necesario; con tal de mantener el calor en los órganos vitales, restringe el suministro de sangre a las extremidades cuando el frío es excesivo. Hasta ese extremo llega nuestro cerebro con tal de preservar nuestra vida. No hablo de nuestra mente, ni de nuestra inteligencia, sino de nuestro cerebro más primitivo. Los prejuicios y los topes mentales forman parte de su arsenal de métodos utilizados para hacernos desistir de hacer cosas que nos saquen de nuestra zona de confort. Nuestra mente consciente tiene que enmendarle en muchas ocasiones y ésta debe ser una de ellas.

Si hiciéramos caso a las sensaciones que experimentamos en los primeros minutos de entrenamiento en un día frío o caluroso pararíamos de inmediato y nos volveríamos para casa. Pero si persistimos en el empeño unos minutos más, unos kilómetros más, nuestro cerebro primitivo cede y comienza a poner en marcha un complejo mecanismo hormonal que hace que nuestro corazón se adapte al esfuerzo, que nuestros pulmones ventilen de forma eficiente aprovechando el oxígeno, que nuestros músculos de las piernas reciban la energía suficiente para el trabajo demandado.

Utilicemos el sentido común. A nadie se le ocurriría correr un maratón al mismo ritmo que haría 400 metros. Cada distancia tiene su ritmo apropiado, al margen de la preparación del corredor. Para ser más concretos, cada corredor debe adoptar el ritmo apropiado a sus condiciones para afrontar una distancia. Ese es el secreto, no hay otro. Hay que entrenar, por supuesto, dependiendo de la distancia que tengamos en mente realizar, pero al fin la aguantaremos si llevamos el ritmo apropiado.

 

 

 

“De 42 km a 24 Horas. Sorteando tus límites”
Copyright © 2017 Carlos Aguado
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ISBN-13: 9781521836644