Aún puedes probar un método más para acostumbrar a tu organismo a utilizar el lactato en su provecho. Más parecido a un cambio de ritmo que a realizar series, es desde mi punto de vista para lo que genéticamente estamos más preparados. Durante dos o tres días que practiquemos entrenamientos en la semana, y evitando que sean aquellos en que hacemos una tirada más larga, cuando nos falten uno o dos kilómetros para finalizar la sesión, intentamos terminar a la velocidad más rápida posible. Nuestro cuerpo ya viene acondicionado para el esfuerzo y nuestros músculos se encuentran a su temperatura óptima; al final trotamos o caminamos un poco para sosegar el organismo y enfriar la musculatura y listo.

Cuando el organismo se encuentra acostumbrado a las grandes distancias y a los ritmos apropiados, y mientras no se llegue a un agotamiento irreversible, el cuerpo parece alcanzar un punto en que se doblega a tu voluntad, que no es otra cosa que tu insistencia en seguir corriendo; es como si se liberase en tu interior una energía desconocida que se pone al servicio del objetivo. Y esto no suele ocurrir en las primeras horas de ejercicio continuado. Muchos habréis sentido mientras corréis momentos de felicidad, estos pueden estar motivados por sentirse fuerte, un paisaje maravilloso, pueden ser múltiples las causas. Pero ese momento especial de plenitud que se experimenta cuando el cuerpo se entrega a tu voluntad es difícil de explicar con palabras. Hablo de una entrega incondicional, no solo de una energía que percibimos inagotable, también de una “no resistencia” al esfuerzo. Desde ese momento y hasta que nos detengamos por voluntad propia, nuestro cuerpo se unirá a nuestra mente para conseguir hazañas, verdaderas gestas que ni en los mejores sueños hubiéramos imaginado alcanzar. Como digo, esto sucede después de largas horas corriendo y si hemos persistido en nuestro empeño.

Y cuando eso ocurre sus efectos desencadenan un verdadero prodigio; nuestros límites mentales se desmoronan, nuestra creencia acerca de aquello que podemos llegar a alcanzar se expande. Cuando somos capaces de realizar algo una sola vez podemos volver a realizarlo cuantas veces queramos, y nuestra voluntad se alimentará de esa certeza para repetir la situación y volver a vivir esos momentos.

Quienes han experimentado esta sensación a buen seguro son aquellos corredores que hayan participado alguna vez en una prueba por etapas. He tenido la suerte de participar en varias carreras de este tipo por el desierto, con el añadido que suponen de desgaste físico debido sobre todo al calor. ¿Cuántas veces se te habrá pasado por la cabeza hacer entrenamientos de 250 kilómetros semanales? Seguro que alguna vez, como a todos. El problema radica en que no todos los cuerpos soportan una carga semejante, para ser exactos muy pocos. El segundo día de prueba siempre es el más duro, con cansancio acumulado del día anterior. A partir del tercer día, de forma inesperada tu cuerpo se entrega sin condiciones al esfuerzo, y contra toda lógica el cuerpo se manifiesta con una energía y capacidad suficientes para enfrentar lo que se nos viene encima; el cuerpo se adapta al esfuerzo. El estado de plenitud es tal que finalizada la prueba aún te sientes con ganas de seguir. Es después de pasados dos o tres días, cuando nuestro organismo percibe que no continuamos con el esfuerzo y por tanto carece de sentido tener disponible todo ese potencial. Y de la misma forma que nos entregó la energía nos la quita y nos venimos abajo, entrando en un periodo de agotamiento que nos obliga a descansar para recuperarnos.

“De 42 km a 24 Horas. Sorteando tus límites”
Copyright © 2017 Carlos Aguado
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ISBN-13: 9781521836644